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Bellingham, el motor que llevó a Inglaterra hasta el podio mundialista

Bellingham, ante Francia
Bellingham, ante FranciaReuters

El centrocampista del Real Madrid cerró el Mundial de 2026 con siete goles, una cifra récord para un jugador inglés en una misma edición. Su liderazgo, capacidad para aparecer en los momentos decisivos y enorme influencia en el juego marcaron el camino de una selección que terminó en el tercer puesto.

ude Bellingham fue el rostro de Inglaterra en el Mundial de 2026. En un equipo repleto de talento ofensivo, el centrocampista asumió el protagonismo y terminó el torneo como máximo goleador inglés, con siete tantos, después de marcar también en la victoria por 6-4 frente a Francia en el partido por el tercer puesto. Ningún futbolista de los Three Lions había conseguido una cifra semejante en una sola Copa del Mundo.

Su impacto, sin embargo, fue mucho más amplio que sus números. Bellingham actuó como enlace entre el centro del campo y el ataque, aceleró las transiciones, rompió líneas con sus conducciones y ofreció constantemente una vía de salida cuando Inglaterra encontraba dificultades para avanzar. Antes de las semifinales lideraba a su selección en goles, intervenciones directas en tantos, grandes ocasiones, regates, carreras de alta intensidad y desmarques a la espalda de la defensa.

El jugador del Real Madrid también volvió a demostrar su especial relación con los partidos importantes. Marcó dos goles frente a México en los octavos de final y repitió el doblete ante Noruega en cuartos, convirtiéndose en el primer futbolista desde Diego Maradona, en 1986, que anotaba por partida doble en dos eliminatorias mundialistas consecutivas. Su aparición en los momentos de mayor presión sostuvo la candidatura inglesa cuando el margen de error había desaparecido.

Bellingham tira del coche

Esa influencia resultó especialmente valiosa para Thomas Tuchel. Bellingham permitió a Inglaterra modificar su estructura sin perder presencia ofensiva: podía retrasarse para ayudar en la construcción, presionar junto a los delanteros o irrumpir en el área como un atacante más. Su capacidad para ocupar distintos espacios facilitó además su conexión con Harry Kane y Bukayo Saka, dos futbolistas que se beneficiaron de los movimientos y de la atención defensiva que generaba el mediocampista.

Inglaterra no pudo superar a Argentina en las semifinales, pero Bellingham volvió a ser una de sus principales referencias en el tramo decisivo del campeonato. Incluso en los encuentros en los que dispuso de menos espacios, su personalidad condicionó al rival y elevó la intensidad competitiva de la selección. A sus 23 años, disputó el torneo con la autoridad de un jugador mucho más experimentado y confirmó que ya no es solamente una promesa, sino uno de los líderes indiscutibles del vestuario inglés.

El tercer puesto obtenido tras vencer a Francia representó el mejor resultado mundialista de Inglaterra desde el título conquistado en 1966. El equipo cerró el torneo con una actuación ofensiva memorable y Bellingham puso el broche con su séptimo gol. Su Mundial quedará recordado por las cifras, pero también por algo menos cuantificable: la sensación de que cada vez que Inglaterra necesitó impulso, carácter o una acción decisiva, el balón terminó buscando al mismo futbolista.

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